Érase una vez dos amigos. Uno de ellos siempre se levantaba por la mañana contento, feliz y sonriente, es verdad, tenía que madrugar, llegar al trabajo puntual, abrir el primero la oficina y encender las luces de los despachos antes de que el resto de compañeros apareciera por la puerta. Luego se sentaba en su silla y miraba la agenda para empezar a realizar las primeras tareas con energía. Mientras lo hacia, iba sonriendo a cada persona que se asomaba por su oficina para ofrecerles unos buenos días y ,a veces, compartir las experiencias de la tarde pasada. La mañana se le pasaba volando, entre una tarea y otra, salía de la oficina a encontrarse con sus clientes o los recibía en el despacho, y si se le acumulaban las tareas buscaba la forma de arañarle al reloj unos minutos antes de dejar de cumplir con un compromiso profesional. Le gustaba su trabajo, hablaba de él con amor e incluso pasión, y ofrecía su producto con el mismo vigor. Dedicar horas a su perfeccionamiento o mejora no le suponía un esfuerzo, y buscaba siempre participar en proyectos que le hicieran crecer, como profesional y como persona. Había tenido la oportunidad de trabajar en aquello para lo que se había preparado y era feliz.

El segundo amigo, escuchaba el despertador y ya se le estaban poniendo los pelos de punta. Vestirse y recorrer el camino a su oficina se le hacia un suplicio. Respiraba hondo mientras conducía largo tiempo hacia la oficina. Allí pasaba rápido por los despachos, saludar a sus compañeros y verlos con sus amplias sonrisas ya no le llenaba en absoluto, es más, sentado delante de su mesa y a punto de revisar sus tareas seguía pensando si mantenerse en ese empleo no había sido la peor equivocación de su vida. Pero es que tenía que pagar sus facturas y no encontraba en ese momento mejor formar para hacerlo, al fin y al cabo, el trabajo no era lo más importante en su vida. Aunque se sentía frustrado porque no ha tenido la suerte de encontrar el sitio adecuado a su preparación.

Estos dos amigos se encontraban con frecuencia, lo hacían desde la infancia, y de vez en cuando compartían un café mientras comentaban sus vidas. Ese día el segundo de los amigos se atrevió a reconocer que no era feliz en su trabajo. Después de un largo silencio -las emociones se gestionan mejor-  el primero le preguntó:

-¿Y que puedes hacer tú para cambiar eso?

Éste le miró a los ojos y sentenció:

-Necesito cambiar Yo.

  • La motivación no es una inspiración que nos llega del cielo y nos permite poner en marcha nuestro proyectos. La motivación es intrínseca -interna y autoconstruida- en base a nuestra escala de valores y necesidades.
     
  • Se ve sometida a las inclemencias meteorológicas externas y adversas, éstas afectan a casi todos por igual, sin embargo, dos personas en la misma situación y ante el mismo problema reaccionan de forma diferente.
     
  • ¿Por qué? porque cada uno elige la actitud que decide adoptar ante las cosas, tiene que ser sincera y coherente, que tu mismo te comprometas con ella y sientas que aquello que consigues con esfuerzo, es en tu propio beneficio y el resultado directo de tus acciones.
     
  • Busca rodearte de personas que vean lo bueno -personal y profesionalmente- que hay en ti.
     
  • Observa y reflexiona sobre tus emociones.
     
  • Analiza los ambientes de trabajo en los que mejor te adaptas.
     
  • En las ocupaciones en las que has sentido que ser feliz y profesional no reñían.
     
  • Y sobre todo, cree en ti mismo y una energía interior empezará a hacerte mover piezas que te conducirán a cambiar, porque has encontrado una pieza fundamental de la motivación, razones para tenerla.
     

“Algunos triunfan porque están destinados a hacerlo pero la mayoría triunfa porque están decididos a hacerlo”.

Henry Van Dick

María Jose Muñoz
Experta en empleo y orientación laboral

Derecho de autor imagen: milosb / 123RF Foto de archivo

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