Érase una vez dos amigos. Uno de ellos siempre se levantaba por la mañana contento, feliz y sonriente, es verdad, tenía que madrugar, llegar al trabajo puntual, abrir el primero la oficina y encender las luces de los despachos antes de que el resto de compañeros apareciera por la puerta. Luego se sentaba en su silla y miraba la agenda...

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